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      Cuando sacar al perro se convirtió en un privilegio

      Son tiempos convulsos. Tiempos en los que toca pensar en nuestro bienestar desde una sola variable; la salud.

      La actual situación ha puesto del revés nuestras vidas, frenando en seco esa cinta transportadora en la que nos subíamos cada mañana, obligándonos a reinventar nuestras relaciones personales, familiares y a nosotros mismos. En esta vorágine se han visto envueltos también, como no podía ser de otra manera, nuestros compañeros de vida; nuestras mascotas, que han pasado de esperarnos horas tras la puerta de casa, a convivir todo el día con nosotros. Y ellos tan felices.

      Y no sin cierta sorpresa, los que nos dedicamos a la defensa animal, descubrimos que la creciente preocupación de la sociedad europea, me atrevería a decir mundial, por el bienestar animal se ha visto reflejada, por primera vez, en las medidas adoptadas, incluso en estos momentos tan difíciles. Y aunque inicialmente el Real Decreto 463/2020 de 14 de marzo, por el que se declaraba el Estado de Alarma por el Covid-19, no contemplaba como excepción al confinamiento sacar a las mascotas a la calle, fue en la primera comparecencia del Presidente del Gobierno donde, a preguntas de los periodistas, se afirmó expresamente que era posible salir a “pasear al perro”.

      Poco después llegaron también las confirmaciones respecto a la posibilidad de salir para alimentar a las colonias felinas (reconocidas estatalmente por primera vez), a animales en fincas y en centros de protección animal. Todo ello denota que, aunque en un primer momento no fueron tenidas en cuenta las necesidades de estos animales, no tardó en darse respuesta a las consultas de los colectivos dedicados a su cuidado desde la recién creada Dirección General de Derechos de los Animales.

      Y los que tenemos la suerte de convivir con animales de compañía somos ahora la envidia de nuestros vecinos y vecinas, que desde sus ventanas nos miran con el anhelo de estar por una vez en nuestro pellejo y poder, aunque sea durante 15 minutos, salir a la calle acompañados de quien, hasta hace escasas semanas, les resultaban molestos. Otros nos miran con recelo, al considerar que se están priorizando los derechos del animal a los suyos propios.

      Ahora más que nunca

      Esta situación ha generado escenas ciertamente paradójicas. Vecinos a los que jamás has visto sacar al perro pasean de repente dos, tres, cuatro veces por delante de tu casa con su animal a cuestas, algunos de ellos prescindiendo de recoger sus excrementos por falta de costumbre y civismo. Personas que anuncian el alquiler de su mascota para ser paseado por otros, sin importar quienes sean y personas que han sido capaces de alquilarlos. Otras que, aprovechando la situación, pasaban horas paseando con sus animales. Protectoras de animales vacías tras vivir el mayor episodio de adopciones de su historia.

      Resulta casi cómico, si no fuera porque dicha actitud esconde un oscuro trasfondo. Aún nos queda mucho por aprender, por comprender, en materia de bienestar animal. Es cierto que hemos avanzado mucho en la materia, primero a nivel de conciencia social y después, como suele ocurrir, a nivel legal; con la generación de normativa de protección animal, el reconocimiento jurídico de los animales como seres sintientes dotados de derechos y el desarrollo europeo de un modelo legislativo en la materia sólido y con base científica. Pero también lo es que no hemos terminado de abandonar la idea antropocentrista de que todo ser con el que convivimos en este planeta está a nuestro servicio.

      Seres sintientes, no cosas

      Sigue muy latente en nosotros aún esa concepción cosificadora de nuestros animales, quizás de una forma más sofisticada que antes, pero sigue ahí. Tenemos animales de compañía porque nos gustan y por tanto, nos generan bienestar, nos evitan la soledad y en esta ocasión, porque nos permiten salir a la calle cuando nadie más puede hacerlo. Todas las respuestas que podamos dar a por qué convivimos con ellos pasan por el “yo” o el “a mí”. Es difícil desprenderse de esos sentimientos, pero debemos tratar de controlarlos y desde luego, nunca ponerlos por encima de su bienestar, si es que queremos evolucionar en ese sentido.

      En los últimos días, numerosos medios de comunicación han difundido que algunos animales pueden contraer el coronavirus, tras el positivo en Covid-19 de una tigresa malaya en el zoológico del Bronx en Nueva York. La noticia ha corrido como la pólvora en las redes sociales.

      Rápidamente, varios colegios de veterinaria se han lanzado a desmentir o aclarar que las mascotas no pueden transmitir el virus a las personas. Y lo han hecho rápidamente por un motivo muy sencillo, para evitar situaciones como las ocurridas en Wuhan donde, ante el miedo irracional de que los animales pudieran trasmitir el virus, se produjeron miles de abandonos y sacrificios, matanzas de animales callejeros ordenadas por el propio Gobierno e incluso hubo animales que fueron arrojados desde las ventanas de los que eran sus domicilios. Porque una vez más, si no sirve a mi interés, no lo quiero.

      Estamos ante un momento de cambio, en muchas facetas, pero solo si queremos.